martes, 22 de julio de 2014

Sin partidos democráticos, la democracia será débil.


El presidente Ollanta Humala volvió a confirmar ayer que, como varios otros líderes políticos del país, maneja su partido como su chacra.
Lo hizo al defender la elección de Ana María Solórzano como candidata oficialista a presidir el Congreso mediante una decisión que tomaron él y su esposa, a la sazón presidenta interina del Partido Nacionalista por expresa delegación suya.
Haciendo malabares para explicar lo inexplicable, por insólito, es decir, que terminó imponiendo manu militari a Solórzano, el presidente dijo ayer que esto obedeció a que, como “no ha habido consenso sobre las propuestas, la dirección del partido emite una opinión”.
O sea, si hay discrepancia con Palacio, él y su esposa tienen la última palabra sin realizar el esfuerzo por persuadir que es inherente a un líder, optando solo por mandar.
Para cerrar con broche de oro, a los periodistas que le preguntaron si dicha decisión es un ‘capricho’ de su esposa, Humala les pidió “mayor seriedad a la hora de informar, estamos confundiendo las decisiones del presidente de la república, acá no funcionan los caprichos, acá funcionan decisiones institucionales”.
El problema es, precisamente, que el presidente Humala recurre a unos estatutos de su partido que son un himno al autoritarismo y que el JNE nunca debió aprobar. Si los partidos políticos declaran defender la democracia en el país, debieran empezar por practicarla en su interior.
En vez de leer con agudeza el reclamo de congresistas de su partido como Esther Saavedra, que están demandando respeto elemental en una agrupación política, el presidente responde diciéndoles que la puerta está abierta para que se vaya el que no esté de acuerdo con él, con la arrogancia del que siente que todos en su partido le deben pleitesía pues se los considera unos zarrapastrosos sin futuro fuera de su entorno.
En la misma dirección apuntan las declaraciones de algunos integrantes del Partido Nacionalista que en estos días han salido a declarar, con ojos asustados, aludiendo a las declaraciones políticas de la congresista Esther Saavedra, que “es inadmisible que se le falte el respeto a la primera dama Nadine Heredia”.
De este modo, el presidente Humala y su esposa se inscriben dentro del patrón de actuación de la mayoría de líderes políticos del país, como Alan García, Alejandro Toledo o los Fujimori, quienes con estilo distinto pero intención similar organizan sus respectivos partidos como chacras que simulan un sistema democrático de toma de decisiones, pero que, en realidad, no son nada más que un biombo para sus dictados, todo lo cual explica, finalmente, la debilidad de la democracia peruana pues ni en los propios partidos políticos la practican.

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